Miyamoto Musashi - La vía que se ha de seguir solo

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No tengo enemigos, hago de la imprudencia mi enemigo

Miyamoto Musashi_killing_a_giant_nue1Hace ya varios años, leí por primera vez lo que en principio entendí como el código del Ronin, el samurái errante que no tiene otro señor más que él mismo. La esencia de éste camino está plasmada en La vía que se ha de seguir solo.

En ese tiempo, me pareció un compendio curioso y pintoresco; las frases me parecían poéticas pero sin un significado más profundo que el que sugerían a mi intelecto. Así que, después de recibirlas y echarles una hojeada, pegué la hoja en un lugar visible de mi pared y ahí permaneció años.

Seguí entrenando sin prestarles mucha atención –aparentemente- hasta que un día, el sentido de una de las frases se abrió para mí de un modo que hubiera sido impensable sin la meditación que sigue a la experiencia.

No tengo enemigos, hago de la imprudencia mi enemigo, no es una mera frase escrita con intenciones estéticas, o con pretensión de impresionar occidentales ingenuos y consumistas acerca de los misterios de las “artes marciales”. Es una parte del conocimiento que vamos desarrollando poco a poco a través del entrenamiento serio y consciente; se trata simplemente de algo que vamos entendiendo conforme crecemos en ésta vía, que es una y la misma.

Lo que verdaderamente me ha puesto y me pone en peligro es la imprudencia. La experimento como la incapacidad para calcular y medir riesgos; para discernir lo que puede dañarnos de lo que no puede; para distinguir entre el peligro real y el ficticio; para separar la verdad del engaño y, más aún, del auto engaño.

Con la imprudencia viene la falta de medida, la falta de conocimiento, primero de nosotros mismos y luego de todo lo que es externo. Como falta la visión de conjunto que nos permite evaluar las situaciones con sensatez y juzgar con justicia, terminamos lamentando nuestra acción… o tal ves ya no vivamos para lamentarla. Sea cual sea el caso, al final sobreviene el karma.

La imprudencia está marcando el lindero entre la vida y la muerte, tal como consta en el viejo cuento que narra cómo un fiero samurái, famoso por la cantidad de batallas que había ganado y de vidas que había segado, va en busca de un viejo maestro zen con la intención de convertirse en su alumno y aprender de él ésta vía.

Cuando el guerrero por fin lo encuentra, le ofrece sus respetos y le pregunta por la diferencia entre el paraíso y el infierno, pero el anciano se burla y lo insulta diciéndole que su aspecto es vergonzoso y que en ningún caso él hubiera creído que era un samurái.

Al escuchar sus duras palabras y ante tan hostil recibimiento, la sangre del guerrero hierve por la cólera de la afrenta y desenvaina su espada dispuesto a cortar al viejo de un tajo. En ese instante, solo un instante, ante la espada que lo amenaza el maestro grita: -¡aquí se abren las puertas del infierno!-.

En seguida, el samurái comprende y baja la espada, al tiempo que hace una reverencia; -¡aquí se abren las puertas del paraíso!- dice entonces el maestro. Y se quedó con su alumno.

No he encontrado un ejemplo más certero para ilustrar ésta experiencia de límite, que esta historia zen. La imprudencia nos puede arrastrar a la catástrofe en un solo instante; por eso es bien cierto que, si podemos hablar de algún enemigo, no es otro que ésta.

Un enemigo se opone a nuestro bien, procura sabotearnos y nos ocasiona contra tiempos; si nos dormimos, puede matarnos. No es casual que la última instrucción que el Buda dejó a sus discípulos fue: ¡permanezcan alertas!

Así pues, este aprendizaje se ha quedado en mí desde ese momento, y va madurando todos los días conjuntamente con el entrenamiento constante. Lo que me ha parecido fabuloso, es como cada parte va completando a las otras de tal modo que al final queda, precisamente, la vía.

Así, por ejemplo, encuentro que No tengo enemigos, hago de la imprudencia mi enemigo, se puede unir con No tengo talentos, hago del espíritu alerta mi talento porque es precisamente la conciencia, el estar despierta lo que me anticipa la imprudencia que estoy a punto de cometer; y también, se relaciona con No tengo amigos, hago de mi mente mi amigo, porque gracias a mi mente vuelvo inteligible mi mundo y lo construyo de acuerdo a mi voluntad para convertirlo en el paraíso o en el infierno de la historia. Si olvido esto y además me duermo, olvidando que soy vulnerable, descuidaré mi propia seguridad: No tengo reglas, hago de mi autoprotección mis reglas y seguramente la imprudencia me conducirá a donde no quería ir.